Duniet: la semilla que renació de las cenizas en el Escambray

Por: Y. Crecencio Galañena León | Fotos: Arelys María Echevarría (ACN)

11 de Febrero 2026

Hay cicatrices que no se ven a simple vista. Duniet Naranjo Bello, de 44 años, camina entre sus vegas en el municipio villaclareño de Manicaragua con la mirada puesta en el horizonte verde de la serranía, pero en su memoria persiste el humo negro de aquel día de 2023 que todo lo cambió.

Once aposentos de tabaco —casas de curación llenas de esperanza— reducidos a cenizas por manos malintencionadas. Más de dos millones de pesos en pérdidas. No fueron solo las capas lo que consumió el fuego aquella vez, sino también la fe, el ánimo, la razón para levantarse cada mañana.

«Tuve una crisis depresiva que me llevó a desvincularme del sector», confesó a la Agencia Cubana de Noticias, con una honestidad que aún duele. Abandonó lo que había construido a partir de 2013, cuando empezó con una sola hectárea de tierra y sueños a granel.

Pero el suelo tiene un llamado persistente para quienes llevan el campo en la sangre. «Ver el surco producir y la semilla germinar en el campo es lo más hermoso que hay», asegura Duniet, y en esa sencilla frase está la explicación de su regreso. En 2024, con los bríos renovados por los incentivos del país y una confianza férrea en el trabajo honesto, decidió volver. No para recuperar lo perdido, sino para superarlo con creces. Donde hubo cenizas, hoy se extienden 27 hectáreas (ha) de vida productiva.

Al cierre del año siguiente ya había triplicado su extensión. Sus 12 ha de tabaco —que pronto serán 15— rindieron 1.32 toneladas por hectárea la pasada cosecha, un número que habla de técnica y dedicación. Ya no resulta solo la vega; es un sistema de vida: arroz, frijoles, yuca, cultivos varios que aseguran alimento y 40 cerdos potencian el futuro de un proyecto que aspira a llegar a 200 cabezas antes de que termine el calendario en curso.

Su finca constituye hoy un bastión de resistencia moderna.  Contra la sequía, ha tendido dos kilómetros de regadíos.

Contra la dependencia energética, erigió 10 paneles solares que capturan 28 kilovatios del sol serrano. Contra las plagas, apuesta por la agroecología, mediante un equilibrio con la naturaleza que lo vio nacer.

Y contra la incertidumbre, ha construido autonomía: genera el 80 por ciento (%) de lo que consume, desde la semilla hasta el alimento del ganado.

Pero, quizás, su mayor orgullo no está en la tierra, sino en la gente. Un promedio de 50 trabajadores encuentra sustento mensual en su tierra; el 50 % son jóvenes, el 30 % mujeres.

A ellos les paga unos 200 mil pesos semanales, les asegura la comida y, sobre todo, les ofrece estabilidad. «Es lo menos que puedo hacer», dice.

La historia de Duniet es también la de una transformación personal que se refleja en cada decisión productiva. Tras la agresión, comprendió que la fortaleza no residía solo en cultivar más, sino en cultivar mejor y de manera más autónoma.

Por eso, su finca —aún sin nombre definido y adscrita a la Unidad Empresarial de Base Potrero Grande, donde se registran otros 58 productores— se ha convertido en un modelo de ciclo completo.

No se limita a sembrar y cosechar; investiga, innova y gestiona su propia semilla, recibiendo asesoramiento especializado de la Empresa de Acopio y Beneficio del Tabaco La Estrella para la producción de capa de exportación, lo que garantiza los estándares de calidad más exigentes.

Este enfoque integral le ha permitido diseñar una estrategia de negocio resiliente. Los cultivos varios de ciclo corto no solo diversifican su oferta y mitigan riesgos, también mejoran la dieta de sus trabajadores y abastecen el mercado local.

 La cría porcina, que comenzó como un complemento, es hoy un pilar económico en expansión, con planes claros de crecimiento que dinamizan la economía de la zona. Cada cerdo, cada planta, es parte de un engranaje calculado para la sostenibilidad.

 Su apuesta tecnológica constituye otra de las claves de su renacer. Los dos kilómetros de riego moderno no son una simple infraestructura; son un seguro contra la variabilidad climática del Escambray villaclareño.

Los 10 paneles solares, más allá de la independencia energética, representan una reducción de costos a largo plazo y un compromiso con la producción limpia.

Incluso su lucha contra las plagas mediante métodos agroecológicos evidencia una visión de futuro, priorizando la salud del suelo y de los consumidores finales.

El impacto social de su empeño trasciende los números. Al emplear a 50 personas, con una marcada presencia de jóvenes y mujeres, Duniet está contribuyendo a fijar la población en la zona montañosa y a ofrecer alternativas de desarrollo.

Con el salario semanal total, sumado a los incentivos laborales como la alimentación garantizada, establece un estándar de bienestar laboral poco común en el sector, que demuestra que la rentabilidad y la responsabilidad social pueden ir de la mano.

Su filosofía se basa en un principio sencillo pero poderoso: la autosuficiencia como forma de soberanía. Producir el 80 % de los insumos, desde la comida para los animales hasta gran parte de la semilla, lo libera de las fluctuaciones del mercado y lo hace dueño de su destino productivo.

Esta lección, aprendida en el peor momento, es ahora el cimiento de su estabilidad y su mayor legado para otros productores.

El regreso de Duniet al sector tabacalero deviene, en esencia, acto de fe en Cuba y en su gente.

Los incentivos estatales resultaron el empujón, pero la fuerza motriz ha sido su convicción de que el trabajo en la tierra es noble, honesto y vital para el país. Al volver, no solo reconstruyó su finca; se reencontró a sí mismo y reafirmó su papel como proveedor, empleador y pilar de su comunidad en Manicaragua.

Mirar hacia adelante, ya no duele. Los planes están claros: expandir el área de tabaco, multiplicar la masa porcina, seguir innovando en riego y energía renovable, y consolidar un modelo productivo que sea ejemplo en el territorio.

Cada meta es un paso más lejos de las cenizas del pasado y una semilla nueva para el porvenir.

Duniet Naranjo Bello ya no mira atrás con dolor, lo hace con la certeza del que sabe que el verdadero cultivo es la resistencia. Su historia, marcada por un fuego que intentó destruirlo, es ahora la de un hombre que entendió que de las cenizas también germina la semilla más fuerte.

En cada hoja que cura al sol de Manicaragua, en cada cerdo que crece en su granja, en cada joven al que emplea, está escribiendo un nuevo capítulo: el del productor que se negó a rendirse y, desde la serranía villaclareña, siembra futuro.

 



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