El Faraón de EL Purial
Félix Álvarez Jiménez, laborioso, modesto, es una de las mayores cátedras de sapiencia en los secretos de la tierra y crianza de animales en su natal Cabaiguán y en el país.
Por: Ricardo R. Gómez Rodríguez / revista bohemia.cu Fotos: Ricardo R. Gómez Rodríguez
6 de marzo 2026

Respira hondo, tomando aire y las botas se adentran en esas tierras conocidas por él de memoria. Esa mañana Félix Álvarez Jiménez seguía con la mirada a una máquina gigante capaz de hacer el trabajo de una decena de hombres.

Una maquina en forma de araña fertiliza y siembra a la vez.
Al timón y encima del esqueleto de hierro parecido a una araña, iban Alberto y Liodis. Realizaban dos cosas a la vez. Arriba del tractor estaban los tanques con el fertilizante que inyectaban al suelo. Debajo, unas cubetas repletas de maíz. Con cadencia caían los granos en los surcos.
Una nube de garzas blancas iba en picada sobre los gusanos e insectos descubiertos, cuando los ganchos en forma de arado, le abrían las venas al terreno.
Muy pocos vestigios quedaban de las matas de frijoles cosechadas en ese mismo lugar el día anterior, en una jornada extendida hasta pasadas las 10 de la noche. Las tierras de Félix nunca descansan. Paren y paren, mientras haya manos callosas con deseos de acariciar los frutos.
Frente a la guardarraya, otra frijolera venía creciendo.
“Yo nací aquí mismo en El Purial, en esta zona de Punta de Diamante y nunca se me ha ocurrido inventar más nada. Soy campesino y, si vuelvo a nacer, seguro me verán aquí”, dice con esa figura de líder, de padre de muchos, de maestro, a quien quizás no le caben más medallas en el pecho, aunque las mayores de todas son las del honor, constancia y el ejemplo.
El último galardón recibido fue la Orden 17 de Mayo, otorgada por el Consejo de Estado, a propuesta del Buró Nacional de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).
Caminar lo hecho
Para hablar con Álvarez Jiménez debes hacerlo mientras recorres sus plantíos. Le gusta caminar lo hecho. Es una de esas personas inclinadas a la perfección, con amplia cultura agropecuaria; sin embargo, quizás estuvo poco tiempo detrás de un pupitre, obligado por las circunstancias.

Intercalar cultivos garantiza aprovechar más el suelo.
Sigues sus zancadas amplias y constantes, pese a los 77 años. Al lado van tres perros de escoltas, más que todo por costumbre: uno lleva pintas blancas, es negro, y así lo llaman; el marrón es Zimba y el tercero Hatuey. Marchan rotando la función del guía. De vez en vez levantan la cabeza curioseando el camino y adivinando los pasos del dueño. Al llegar a la casa acudió a recibirlo otro canino de la manada. Seguramente su rol es cuidar la vivienda.
“Mi papá casi no tenía tierras. Nosotros nos las vimos fea”, dice el guajiro. Eran siete hembras. Yo era el más chiquito y el único varón. Cuando nací mi hermana mayor tenía 14 años”.
No me lo dijo, pero probablemente esa crianza motivó su temprano apego a la labranza, en tiempos en que era labriego, de sol a sol, regresaba al rancho con un peso.
Es indiscutible su liderazgo, el poder de resolución, similar al de aquellos monarcas semidivinos del antiguo Egipto, quienes para sus contemporáneos jamás fueron humanos comunes.
“Poco a poco, por mis resultados, me dieron más áreas. Hoy debo tener aquí unas tres caballerías y media”; por allá abajo casi seis más. Hubo momentos en que reuní más de 300 reses”, recuerda y entonces la memoria se le queda algo perdida, porque -quien lo conoce bien- sabe que hablar de ganado le trae recuerdos tristes.
Cuidar la tierra
Salimos de uno de los campos y pasamos por ligeras cunetas.

“Lo único que no tiene remedio es la muerte”, dice y pica un racimo con dos piedras a falta de machete.
“Mira. Esto aquí lo hice debido a que desde allá arriba, cuando llueve a cántaros baja una corriente de agua y la única forma de darle salida fue desviándola… el que no cuida el suelo, no es campesino”.
Sus frases van quedando como herencia del buen hacer.
Se agacha, abre unas cajetas de frijoles… “fíjate tienen ocho granos y mira bien el brillo que tienen”. Acaricia las alubias con los dedos, como quien lisonjea una piedra preciosa.
“A esta variedad aquí le decimos cajetiblanco. La semilla me la trajo un científico. Me dijo que era la mejor entre 300 especies estudiadas… ¡Oiga… y eso sí fue verdad, nunca me ha traicionado!”.
Exhala otro profundo suspiro, compadeciéndose de la frase que venía: “¡Como dan comida las tierras de Cuba y que estemos pasando trabajo con eso!”.
–¿Y por aquí jamás llegan los ciclones, ni hay problemas con el petróleo, los pesticidas o los fertilizantes?
–Mi generación se creció con la conciencia del trabajo. Para alcanzar resultados es importante sentir por lo que haces, tener sentido de pertenencia. Ahora son otros tiempos.
“Todo el mundo quiere disfrutar de lo bueno, pero para eso primero hay que enfrentarse a lo malo.
Te pongo un ejemplo, esta temporada no llovió. Las presas quedaron secas, secas. Decidí ‘jugármela’. Sembré esos frijoles con un poquito de humedad y mirando pa’ el cielo. Desde allá arriba las nubes me tiraron un solo aguacerito y ahí está lograda la cosecha. Ese es colorao.
“Cuando me vi muy apretao abrí aquellos huecos y busqué en las profundidades unos manantiales. Con eso regué todo esto. Ahora la tierra está seca, pero las espigas despuntaron.
“Por allá tengo yuca, por acá plátanos. Hay años en los que he entregado al Estado más de 8 000 quintales de viandas, frutas y hortalizas”.
Laboratorio bajo el cielo
Cruzamos la cerca. Entramos en unos platanales, donde los racimos parecían haberse logrado en un laboratorio. Competían unos con otros en tamaño. Eran largos, robustos. Los tallos crecían el doble o el triple de la estatura de un hombre.

Cada cajeta de frijoles tenía ocho granos.
Intentabas tomar una imagen, ya que te parecían gigantes, entonces veías delante otros mayores.
“El plátano lo siembro escalonadamente para cosechar todo el año. Por eso lo ves chiquitos, medianos y más grandes, en dependencia del área”, explica.
Entre surco y surco era imposible encontrar una yerba. Algunos campos tenían las plantas intercaladas con frijoles. Eso lo hacen tratando de aprovechar al máximo el terreno, si bien hay quienes aducen la posibilidad de aportar más nutrientes al área.
“Nadie se lo imagina, pero esta frijolera lo único que tiene es Nerea. Antes, la gente no la quería y mira ahora los resultados”.
Un acompañante abundó sobre las características del producto, compuesto por zeolita enriquecida. Es un resultado científico de la Universidad de La Habana, junto a otras instituciones.
Hablan de él como un fertilizante revolucionario, capaz de optimizar la nutrición de los cultivos, mediante la liberación controlada de nutrientes esenciales; entre ellos, nitrógeno, fósforo y potasio. Eso permite mayor eficiencia y mejora los rendimientos.
Las cosas, es imposible hacerlas tan al revés
Félix habla de los platanales: “Esa es una variedad nueva. Le llamamos Pisan Lilan, pero también le decimos PL, para que no te compliques al escribirlo. Además, tengo el Fhia 04, del tipo macho”. Este último es más conocido.

Los racimos de plátanos compiten en tamaño.
Entre tantas plantas, hubo una incapaz de soportar el peso de los racimos. El tallo se dobló y cayó.
Lo agarró en el suelo y le dijo a un amigo común a nuestro lado: “Lester, dame un machete para picarlo”. No había ninguno en ese momento.
“No te preocupes, lo único que no tiene remedio en la vida es la muerte”, sentenció. Tomó dos piedras medianas, puso una debajo del racimo y con la otra fue macerando el tallo, hasta partirlo.
“La distancia entre las cepas es fundamental cuando plantas. Si acortas el tramo, los talluelos grandes se tragan al del medio, le quitan el sol, por eso no crecen”, revela.
“Luego de sacar cosecha, antes de echarle otra vez fertilizantes, es bueno ponerle materia orgánica a la tierra. No te quiero decir que obtengas un cultivo muy bueno solo con esa materia orgánica, aunque el suelo responde y mejora”.
El Faraón de El Purial diseña estrategias como quien organiza contiendas bélicas ante una batalla perpetua, la vida.
Se cruza de brazos y comenta: “Recuerdo que hace años venía aquí un ingeniero a revisar las áreas, previo al inicio de la campaña de tabaco. Él decía: este es el fertilizante para aquí y aquél para ese sitio. Ahora le echamos el que aparezca”.
Vuelve a remontarse a otros tiempos. Los perros acompañantes, sedientos por la caminata, buscan sombras para cobijarse.
“Hablando de la zafra y sus problemas: ¿qué hacían los colonos décadas atrás?; molían el 60 por ciento del tubérculo; el 40 lo consideraban caña quedada. A esa solo le limpiaban la guardarraya, crecía, fortalecía la cepa, le dejaban la paja para evitar malas yerbas. Por allí iniciaban los cortes en la siguiente campaña.
“¿Darle candela a un cañaveral?… eso es imperdonable, pues matas el abono natural y luego ¿qué come la planta?
“Devolverle la vida a un terreno cuesta y a un muerto no lo quiere nadie. Las cosas es imposible hacerlas tan al revés”, sentencia el hombre.
El jeep avanzaba por el terraplén. Cada lote exhibe un tipo de vianda.
“Otra pregunta: ¿qué sentido tiene dejar de pagarle bien a un hombre por el litro de leche o por cualquier cosecha, si cuando vas a buscar el pan a la panadería primero te piden el peso?”.
El guajiro mayor
Pasamos frente al letrero que identifica a la Cooperativa de Créditos y Servicios Niceto Pérez, de Cabaiguán, en la provincia de Sancti Spíritus.

Tres o cuatro perros lo escoltan siempre, quizás por costumbre.
Hace tres décadas eran mínimas las casas visibles en la zona. Hoy hay un poblado.
Muchos de los dueños, por desgracia, van a trabajar lejos, en otros oficios.
Hasta hace poco había una escuela en el caserío. La cerraron. Ahora los niños deben ir en quitrines, o a pie, hasta después de Punta de Diamante. Lo más peligroso es atravesar la carretera central.
“Si sacas a los muchachos de la zona, ya de ahí casi nunca logras un campesino”, arremete nuevamente con razonamientos irrefutables.
Llegamos a la vivienda de Félix Álvarez. Si esperabas ver una sala con asientos amplios y otras ostentaciones, te equivocas.
A mí me pareció otra zona de trabajo, un cuartel, una trinchera blindada para la vida austera y la obra.
La mesa larga ocupa bastante espacio. Olga, la esposa, está al frente de la retaguardia.
Dice Félix: “Si tú te encuentras una casita con dos viejitos solos en cualquier rincón, allí jamás habrá cosechas. Debes tener el domicilio con muchos labriegos sentados a la mesa almorzando o con los platos de comida en la mano, a tu alrededor”.
Mientras conversa da órdenes casi sin hablar. Dialoga con su gente de igual a igual. A veces basta una seña. En ocasiones vienen y le preguntan. Siempre hacen lo recomendado por él.
“Esto lo tenía lleno de gallinas, eran como 400, pero hace poco las cogió ‘un mal’, me quedaron pocas”, acota.
Se paró del taburete y me llevó a conocer un cerdo de casi dos metros de largo y metro, y medio de alto. “Fíjate que aún está sin colmillos, es un lechón. Lo quiero de padre. Se lo puse cerca a la puerca para que enamoren un poco. Mañana o pasado se lo suelto y queda preñá enseguida”.
Esa misma marrana hacía poco tuvo nueve crías.
Una niña pequeña, rubia, de ojos claros, a veces tomaba a mi interlocutor de la mano y luego regresaba a jugar con los animales, a algunos los llamaba por sus nombres.
–¿Entonces Félix es el mayor productor de esta CCS?, pregunto a Lester Pino Orozco, joven líder campesino de Cabaiguán.
–No solo de aquí, del municipio; es mucho más, lo consideramos el agricultor insignia de la provincia, porque ha enseñado y le ha dado semillas a todo el mundo.
Si haces las cosas bien, los hombres te siguen
En las caminatas entre el verde del plantío y el marrón de la tierra, recordamos que hace muchos años se promovió el Movimiento de los mil quintales, el cual reunió a la avanzada de la provincia. Habría que ver si quedan algunos de aquellos agricultores, quizás estemos hablando con el decano de todos.

La cultura del trabajo, respiras en cada área
“Verdad que tengo trabajadores excepcionales. Llevan toda una vida conmigo. Terminamos tarde en la noche en los surcos y van a echarle comida a los animales, antes de irse. El aporte de ellos es fundamental; las tierras nunca esperan y nosotros no las dejamos descansar ni un día”, argumenta Álvarez.
Se echa el sombrero para atrás. “Si haces las cosas bien, los hombres te siguen. No se trata de mandar tú, sino de que ellos quieran que tú seas quien mande.
“Ahora yo les digo: vamos para allá a hacer tal cosa y me responden: nosotros necesitamos que vayas y nos digas cómo tú lo quieres.
“Eso es porque confían en la guía, en la administración. Ya después cuando me voy, todos quedan como dueños y responsables de la tarea.
“Pero es importante darle buena atención a la gente. Si alguien faltó una semana, por estar enfermo; llegas y le dices, ¡aquí tienes tu salario!… también lo ayudas con los alimentos.
“Esas son reglas de vida. Donde no haya organización, nunca vayas a buscar nada”.
Cae la tarde. Bajo un ranchón los campesinos descansan donde encuentran sombra. Lo hacen por unos minutos, luego del almuerzo. Imaginas que es el final de la jornada: aun las camisas están empapadas en sudor, a pesar de la época de frío.
Casi al unísono, algunos montan a caballos, otros en tractores o levantan la guataca al hombro. Reinicia la contienda en aquellas tierras bendecidas por la magia del arresto.
